Trasplantando Muerte, génesis de los cultivos ilícitos en Colombia

Martín Martines realiza un conveniente debut frente a semejante y dramático escenario de interés nacional


Por @SomosCineCol

Según informe del Departamento de Estado de los Estados Unidos, el incremento de cultivos ilícitos sobrepasa las más de 200 mil hectáreas de tierras colombianas, una cifra récord que deja en pañales a las terroríficas épocas de los carteles de las drogas, durante la décadas de los 80 y 90 en nuestro país. Aunque la violencia causada por las mafias ha disminuido del cielo a la tierra desde entonces, hoy se produce mucha más cocaína de la que se producía antes en nuestras zonas rurales, tanto para exportación como para tráfico interno en el país.

Martín Martinez realiza un conveniente debut frente a semejante y dramático escenario de interés nacional. Con veraz cercanía y vehemente propiedad, Trasplantando Muerte se asemeja a una crónica llena de deleitosas metáforas que nos hacen leer la oración dos veces, y sazonada con nuestra espontánea cultura popular, que nos relata el comienzo de nuestro gran “mal” nacional. En el sur del Bolívar, en uno de los tantos pueblos olvidados por el Estado (aunque este ni merece escribirse con mayúscula), Norosí, al mejor estilo de Macondo, es el pueblito protagonista de este trágico génesis de los cultivos ilícitos en Colombia.

A diferencia de la larga lista de series de televisión centrados en los carteles y mafias de drogas, como Narcos en Netflix, Pablo Escobar, el Patrón del mal, por nombrar algunas, Trasplantando Muerte concentra su narración en el drama de quienes cultivaron plantas de coca y marihuana por primera vez en esta locación, cuando el boom de las drogas popularizaba a Colombia como la meca de la coca, por todo el mundo. El resultado: el actual municipio de Norosí sepulta sangre y desgracia en la historia de sus humildes pero conformes habitantes.

Producto del eterno virus de la codicia por el poder y el dinero, Norosí se impregnó de los cultivos ilícitos con la llegada de los Pedrosos y compañía, citadinos bien plantados y bien vestidos. Llamativos para los pueblerinos escasamente educados, y estos a su vez despampanados por las pintas de los forasteros, pues según los describe Martín Martinez, los habitantes de Norosí poco sabían de nada y se limitaban a una rutina con escasez de todo: un solo puesto de salud marchitado por los años, un solo comedor restaurante con una sola mesa, y una sola máquina de escribir para el pueblo entero. La familia Ladroso y compañía, con esposas e hijos, aterrizaron en el pueblo para ejecutar el plan de moda durante aquella época: la siembra ilegal de “las matas que matan”. Alejados de la ciudad, la familia Ladroso invade las tierras de Norosí con un calculado plan que abandona toda compasión humana.

Las familias se aposentan en unas apartadas tierras montañosas, escogen su terreno por instinto, y construyen su hogar desde cero, para así cultivar con total control el negocio que prometía un prolífico futuro para sus hijos y seres amados. Pero a cambio, y en el fondo lo sabemos de antemano, la siembra ilegal solo traería anarquía y descontrol, la compra de una pistola solo sedujo la compra de más pistolas, con inexistencia de amenaza alguna. “Las pistolas atraen al diablo”, le decía María Mercedes a su hijo, Julián Pedroso, con sabio presagio. Como una comunidad alejada de la civilización, las familias, y en especial sus niños, se ven obligados a renunciar a lo que apenas y habían probado de la vida, y de repente habituarse a la vida de campesinos bajo la ingenua recompensa de un mejor futuro para todos.

Quizá, la aparición del espíritu de un antiguo indígena, tan descriptivo que pareciera estuviésemos viéndolo en pantalla y no en las palabras de Matinez, simboliza la presunción de la muerte que los rodea, y que literalmente, corretea a algunos de los de la comunidad de los cultivos ilícitos. Profanando una antigua tumba indígena en medio del realismo mágico y el misterio del bosque en la noche, motivados de nuevo por aquel virus del poder al ambicionar un tesoro (y no esqueletos ancestrales), Martín Martinez nos anticipa la presencia de la muerte como la mejor de las escenas cinematográficas; digna la muerte, nos precipita lo que se avecina: la casería a sangre fría de quienes pertenecen a la comunidad, y también de quienes no, pues en Norosí la muerte se trasplanta en varios de sus más queridos habitantes.

Martín Martinez atina en relatar la cotidianidad de los hechos durante la ejecución de los cultivos ilícitos liderado por los hermanos Pedrosos, Juan y Benjamín, y sus familiares y trabajadores. Es preciso señalar que en lo mundano se encuentran los patrones con los cuales debemos evaluar la realidad que enfrenta Colombia ante la crisis de los cultivos ilícitos. A falta de oportunidades, muchos de nuestros campesinos han sobrevivido cultivando “las plantas prohibidas”, pues sin la presencia del Estado, es justo, o al menos predecible, que otros se proclamen dueños de las tierras olvidadas.

Actualmente, Colombia no parece dar los pasos necesarios para disminuir, ni los cultivos ilícitos, ni mucho menos a erradicar la violencia interna en estos territorios. Pese a que uno de los puntos fundamentales del tratado de la Habana es la integración de estos olvidados sectores del país, como parte del desarrollo agrícola y social, lo único que estas regiones reciben del gobierno es una forzada industrialización, causante de peores males para sus comunidades: el Fracking en territorios de post conflicto en un país donde la institucionalidad tambalea con un píe cojo, o la fumigación aérea con el cuestionado glifosato, el cual nunca ha logrado erradicar el mal de los cultivos.

Trasplantando Muerte es la obra literaria que nos dejará un sincero y comprensible relato sobre tan nefasto tema nacional, pero que a la vez, nos demuestra que dicho padecimiento es motivado por las razones más humanas. Trasplantando Muerte está disponible en Amazon, las vivencias y tragedias de la génesis de los cultivos ilícitos en Colombia, a un click para una sociedad que olvida muy fácilmente las raíces de sus conflictos.

 

 

 

 

 

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