Qué pasa con la industria de cine colombiano que nada de nada que despega…


Por Roberto Carlos Tapia

“No es el cine, es la audiencia colombiana”. No se puede obligar a la gente a que le guste lo que no le gusta, y resulta fácil, entonces, cargarle el bulto a los mismos espectadores como causante del atasco de esta industria, y/o además, a la falta de inversión en publicidad y prensa, cuando todos sabemos que aquí, el cine se realiza con las uñas. ¿Qué pasa con el cine colombiano que nada de nada que despega? Varios intentos quedan como la excepción, pero mayoritariamente, las películas colombianas resultan un penoso fiasco. 

Las cosas no van tan mal como lo aseguró hace ya un par de años, el fundador de la productora, Dynamo, Andrés Calderón. Su optimismo por la industria del cine colombiano parece un espejismo forzado que no convence. Desde la creación de la Ley 1556 de 2012, se han traído más producciones extranjeras al territorio nacional, jamás imaginadas con estrellas como Will Smith. Y empresas como Congo Film, encargada de rentar los equipos técnicos (desde las luces hasta drones), tanto para productoras locales como extranjeras, ofrece una tentativa oferta a precio de huevo para las poderosas productoras de Hollywood y el mundo. Más empleo para los técnicos de nuestro país (más de 20 mil contratados en el 2018), pero aún más alejados de crear la tan anhelada industria de cine.

El negocio en Hollywood da para todos los cargos, para actores y escritores, hasta los demás talentos artísticos y técnicos. Pero ellos reinan en el mundo del cine porque son los dueños de sus propias ideas. Ellos escriben, producen e invierten en sus propios materiales, y ven en nosotros solo una oferta que les representa menos impuestos y nuevas locaciones. Ellos tienen la clave de hacer cine de industria, y esta se llama “el guion”.

No hay incentivo económico, como lo propone esta Ley ya mencionada, que beneficia primeramente a las producciones extranjeras, ni subsidios como lo establece la Ley 814, la cual creó el fondo Desarrollo Cinematográfico para financiar películas locales, o patrocinio que funcione, si de entrada el guion no causa el efecto que se supone debe causar. La fórmula gringa de hacer cine, nos guste o no, les ha funcionado por cerca de 100 años desde que Hollywood se estableció. Aunque se cuente con publicidad, marketing y prensa, estas no garantizan el éxito en el impacto que se busca en la audiencia, cuando de por sí la creación del guion viene enclenque. Las expectativas de realizar buen cine colombiano seguirán cayendo como castillo de naipes si no se perfecciona su pilar.

Resulta más entretenido las peloteras políticas entre derecha e izquierda, con fiscales cianuros, corruptos y fugitivos ‘traquetos’ del congreso, el drama que enfrentan los líderes sociales, antes que las mismas propuestas visuales del cine local. Pues esta no hace reflejo de la realidad nacional, y nos pintan un país que, o no existe, o no se parece lo suficiente, o simplemente carece de atractivo. La muerte del realizador de documentales, Mauricio Lezama, meses atrás en el municipio de Arauquita, es una justa razón por la cual estos temas no se tocan ni en la ficción. Pero más allá de la censura, los guionistas deben encontrar maneras de narrar el alma de estas historias sin decir lo que se está diciendo en pantalla. Hollywood lo ha hecho desde siempre, y el negocio del cine les ha salido muy bien.

No porque una película hable de los narcos, realmente tiene que hablar de narcos. Hay muchos mensajes que les podemos mandar a la audiencia, sobre todo en estos tiempos de cambios sociales cundidos con las más ridículas cortinas de humo. El cine puede ser una industria poderosa, pero primero centrémonos en qué mensaje queremos transmitir; crear personajes que tengan un defecto fatal opuesto a este mensaje, y el argumento de la película –plot, trama o premisa- sería solo la excusa para demostrar si tu protagonista cambia o no para el bien de la moraleja. Es decir, en un mundo de narcos o piratas, el individuo es el que debe primar; la realidad colombiana es un obstáculo más en el conflicto.

Si de verdad queremos crear un escenario conveniente para una verdadera industria del cine, empecemos por dejar de llamar al buen cine, cine arte. Todo cine es una expresión artística, lo que varia es la profundidad con la que se envía su mensaje. A escribir para una audiencia sedienta por verse finalmente reflejada en la pantalla grande.

 

 

 

 

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