Los cristianos temen informarse, escarbar y curiosear en el conocimiento porque encontrarán evidencia de que toda su doctrina religiosa -su Génesis- se vea en contradicción con la ciencia.


Por Roberto Carlos Tapia

Quienes sin duda han sido decisivos en las más pasionales elecciones de nuestro país (desde el plebiscito a la fecha), y han demostrado más unión y empoderamiento que cualquier otro grupo radical, ha sido la comunidad cristiana-evangélica. Con un fuerte discurso en pro de la familia tradicional que resulta ser excluyente y rezagado, la ética y moral del aporte social que esta iglesia brinda queda en tela de juicio. El amor, perdón, humildad, tolerancia, han sido opacados por temas de actualidad nacional, política y ciertamente económico. ¿Por qué los cristianos temen aceptar -si quiera tolerar- los cambios sociales que la sociedad atraviese en términos sociales, como la adopción o matrimonio gay, el lugar de la mujer en el hogar, el aborto, y otras tendencias conservadoras sobre consumo de droga, o censura de realidades sociales, si lo que la biblia enseña se supone es el perdón y la tolerancia?

Con frecuencia se ha dicho que de lo que tanto se alardea, poco se tiene; la Fe de los cristianos pareciera pender de un hilo a fin de cuentas.

Asistí continuamente a las más refinadas y pretenciosas iglesias cristianas de mi ciudad. Como ya estaba predispuesto, me topé con todo tipo de personajes de dudosa moral, reino ostentoso de las apariencias, un pastor predicando mientras en su muñeca cuelga un llamativo reloj brillante –traque pastores– contradiciendo los principios de humildad más obvios, y hasta suspiré al ver un cajero automático en el lobby de uno de los recintos. Sin embargo, mi atención se centró en un particular estereotipo de feligreses, con los que por supuesto simpaticé: las nuevas familias cristianas.

Estas jóvenes familias cristianas representan al colombiano promedio; con hijos menores de 12 años, han logrado obtener una vida digna, y bendecidos con un salario estable. Si su conformista empleo no requiere de un estudio superior para profundizar su rama laboral, no habrá motivación alguna en alimentar su intelecto. Sumándole a esto, la explosiva distracción que el mundo del entretenimiento nos ofrece a diario -ya no la TV, pero sí las redes sociales y Netflix- y resulta que tenemos a un ser social vagamente informado, aunque sí con una presuntuosa convicción en su interpretación de las fabulas bíblicas.

Este ser poco lee, o poco se informa adecuadamente, solo opina lo que sus autoridades dicen que deba opinar. Sin duda, un motivo de preocupación la falta de interés en los nuevos cristianos por descubrir el conocimiento.

Resulta muy cómodo dar opiniones, asistir a marchas en pro de la familia, gastarse el dinero y tiempo en diezmos para la iglesia. Pero a sabiendas de que cuesta un mundo entero entrar por la puerta angosta y poco o nada tiene que ver con actos facilistas. Por eso se enfocan en acomodar los mandamientos de la Biblia de manera conveniente y traducidas por un pastor; dejando la más compleja palabra de Dios sujeta a la interpretación descontextualizada del ser corriente, además, aliada a la apatía del conocimiento. Cantarle, alabarlo y visitarlo, es solo el comienzo del arduo trabajo de adoración a la palabra de Dios.

Los cristianos nuevos no pueden pretender actuar como Adanes y Evas, fingiendo ingenuidad, temerosos a vivir más allá del paraíso. Por lo contrario, gracias a las vivencias históricas que la misma biblia contiene, deben sentir curiosidad por comprender la historia ancestral y moderna. Solo así, de la mano del saber, podremos preservar nuestro planeta, el cuidado del ecosistema, el desarrollo de una sociedad organizada y equitativa, tomando las decisiones más sabias y favorables.

¿Por qué el histórico enfrentamiento entre ‘Cristianos versus conocimiento’? Desde que el cristianismo se impuso como religión oficial del imperio Romano, los cristianos rebatieron su Fe en Dios en contra del conocimiento acusándolo de pagano. Destruyeron la biblioteca más grande de la época ancestral, la cual almacenaba un sinfín de datos históricos del mundo antiguo. La espléndida biblioteca de Alejandría pagó las consecuencias de lo que hoy llamo el abuso mental más grande de la humanidad. O llamémoslo por su nombre: ignorancia. Quienes primeros cayeron en las manos del cristianismo fueron los desamparados del gran Imperio; humildes y olvidados, se les ofreció una ventana de luz a la eternidad y esta divina oportunidad no se desaprovecharía por culpa del conocimiento, contradictor de sus nuevas creencias. Por lo tanto, era mejor quemarlo antes de que este se propagara; el Oscurantismo reinó por siglos.

Si su Fe es tan grande ¿Por qué temen en aceptar que el conocimiento del que tanto huyen es evidente y necesario, y a la vez mantener sus creencias espirituales sin ser molestado lo uno por lo otro? Los cristianos temen informarse, escarbar y curiosear en el conocimiento porque encontrarán evidencia de que toda su doctrina religiosa -su Génesis- se vea en contradicción con la ciencia.

El conocimiento es el regalo que Dios dejó sobre la tierra para así preservar esta misma, y no existe mejor manera de ser gratos que cuidando lo regalado; solo mordiendo de esta veremos los avances sociales que tanto anhelamos, y sobre todo, nos quita la venda de los ojos. Sin embargo, la sociedad ha optado por cegarse siguiendo las ideologías más banales: El héroe vence al villano; los milagros sí existen sin siquiera merecerlos; hay un paraíso para todos después de la muerte. Tal vez ya va siendo hora de que los cristianos muerdan con ansias y sed la tan anhelada fruta prohibida y realmente emprendan la verdadera disciplina de la palabra de Dios: la compasión con sabiduría.

 

 

 

 

 

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