Se acercan los premios de la Academia, y con ella la continua reflexión sobre cómo funciona la industria del entretenimiento en el país con la economía más estable. ¿Qué tienen ellos que no tengamos nosotros? La pregunta que todo productor se debe hacer.


Por Roberto Carlos Tapia

Los premios Oscar son mejor vistos por el espectáculo frívolo y divertido que por las películas nominadas y ganadoras, aquellas que realmente vemos después de que la celebración catapulte su popularidad. Hay, sin embargo, un subtexto cargado con posiciones políticas, artistas mundialmente unidos para apoyar la expresión del arte con toda libertad, todo bajo un escenario esplendido y triangular iluminati style, que banal o artístico, contribuye a la economía estadounidense con su sólida industria del entretenimiento.

Los Ángeles vive esta fiesta en su máximo furor. Hollywood ofrece fiestas por doquiera, grupos de amigos invadiendo los bares, los supermercados hacen fortunas vendiendo licor y picadas para las munchis, los restaurantes reciben presumidos cinéfilos con estómago vacíos, los dispensadores de cannabis también obtienen su buena tajada con todo tipo de personas que compran la marihuana para ofrecer en una íntima fiesta con pocos amigos; los servicios de Uber o Lyft se disparan respondiendo a la demanda de angelinos moviéndose desde NoHo a West Hollywood mejorando el estrato”. La ciudad se dedica por completo a contribuir al negocio de las películas.

Finalmente, arte o espectáculo, la industria del cine en los Estados Unidos aporta a la economía una gran porción de la totalidad.

En cada comercial durante el evento, grandes empresas como Wallmart figuran como principales patrocinadores, junto a muchísimas otras grandes empresas patrocinadoras. Esto sucede porque hace ya muchos años (en 1920 ya había una industria del cine), los empresarios e inversionistas de este país se dieron cuenta de que hay un negocio exitoso al comunicar emociones y crear catarsis en la audiencia que ve las películas.

“Nadie mueve un píe, o invierte un peso, o coloca sus manos al fuego, por apoyar al cine de nuestro país.”

Muy distinto a Colombia, donde el cine es visto como una despilfarradora inversión a muchachitos con una cámara, y con una historia escueta sin moraleja, arriesgados que empeñan su casa para producir su película -motivados más por su propia satisfacción egocéntrica antes que por la audiencia sedienta de historias de verdad-. A diferencia de como sucede en los Estados Unidos, nuestros grandes empresarios -Éxito, Alkosto, Homecenter, por nombrar algunos- no se comen el cuento de patrocinar un arte que encuentran banal y efímera. Nadie mueve un píe, o invierte un peso, o coloca sus manos al fuego, por apoyar al cine de nuestro país.

Si Colombia desea tanto hacer cine de calidad, y con ello conformar y mantener una industria cinematográfica, nuestros empresarios y poderosos de la economía deben empezar a ver dólares en contar historias que transmitan emociones con subtextos ideológicos y hacer un show de ello.  Una película es un medio de expresión que causa cambios en la mente individual y colectiva y por eso es un arma de desarrollo social, razón por la cual Hollywood galardona películas que buscan un cambio social o general igualdad, como lo logró Moonlight (2017), o generan fuertes críticas al sistema como lo han hecho Spotilight (2016), y últimamente la polémica biografía del republicano político, Dick Cheney, Vice (2018). ¡Por supuesto que son éxitos comerciales! Y los inversionistas lo saben, y en esto se basa la industria cinematográfica.

Colombia necesita del apoyo del sector privado para crear una industria de verdad. No contamos con grandes productoras como las hay en Hollywood, pero sí con poderosas empresas que aún no ven el cine como un negocio inteligente y perdurable. Para esto, los escritores debemos por fin lograr construir historias comunicativas y emocionalmente identificables con la audiencia, donde se refleje el lado humano de nuestras peores calamidades, y venderlas exitosamente. Solo así, obtendremos una industria cinematográfica de verdad.

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